viernes, 2 de septiembre de 2011

Barudy, J. (1998). “El dolor invisible de la infancia. Una lectura ecosistémica del maltrato infantil”. Paidós: Barcelona.

Reflexión personal a partir de la lectura
Hace unos días una madre estaba con sus dos hijos en el metro. Cogía de la mano a uno de ellos, el pequeño, de unos 3 años. El otro, que debía rondar los 8 años de edad, andaba nervioso de arriba a abajo del andén buscando algo. Llegó el metro y la madre le llamó. El niño se giró y le gritó que le dejara en paz, que lo tenía que encontrar. Sus palabras iban acompañadas de un gesto  de desdén y rechazo que me sobresaltó. Cuando pasó delante de mí, insultó a su madre. Fue en voz baja, pero lo suficiente para que yo lo oyera de casualidad. La madre se quedó quieta, esperando “quien sabe qué”, con la cara cansada de un día seguramente largo… Me quedé pensativa…
Seguí observando a la gente que tenía alrededor, todos con prisas, metidos en sus cosas, salí del metro y llovía, era tarde y quería llegar a casa. Yo también tenía prisa.
Qué difícil puede resultar todo hoy en día: qué difícil es tener un trabajo digno, llegar a fin de mes, poder ir una semana de vacaciones después de once meses trabajados, o un día al cine de vez en cuando. ¿Dónde han quedado las cenas con tu pareja? ¿Y el dialogar con los amigos? Cuantas maniobras hay que hacer para recoger a los niños después del colegio, asearles, darles de cenar, los deberes, la ropa, la limpieza de la casa. Y en el peor de los casos, ¿cuánto hay que correr, después de doce horas de trabajo, para poder llegar a casa y encontrarte a los niños despiertos y darles un beso? ¿Cuántas veces no llegas y duermen? ¿Cuántos días sin verte? ¿Cómo les afectará a ellos en un futuro?
Y pretendemos vivir con amor, cuando a menudo, esta palabra se queda, demasiado atrás, demasiado inalcanzable.
Qué lástima no poder acceder con más facilidad al amor, cuando fue en su momento la fuerza que nos hizo soñar. El amor fue lo que nos hizo llegar hasta donde estamos: amor a nuestros padres, hermanos, a nuestros amigos, a nuestra pareja a nuestros hijos… Todo lo hicimos por amor y de golpe, un día en el metro, nos damos cuenta que hemos perdido el sentido de lo que hemos hecho hasta el momento, nos damos cuenta que “hacemos” porque es nuestra obligación, porque toca, pero no por “amor”. ¡Menuda frustración!
Pero no somos malas personas, vacías ni sin escrúpulos, sino una víctima más de una sociedad cada vez más exigente. ¿Cómo podemos volver a soñar? ¿Cómo podemos volver a amar? ¿Y cuando nos sentiremos de nuevo amados?
No es en vano lo que he escrito ya que con ello lo que pretendo es un acercamiento al mundo de los malos tratos que nos presenta Jorge Barudy con su libro “El dolor invisible de la infancia”. No me había planteado nunca lo accesible que puede resultar esta dimensión para todos, me parecía uso exclusivo de los grupos más desfavorecidos de la sociedad o de etnias que se acercan más al maltrato de género o infantil porque es más cultural y forma parte de su modo de vida.
Pero qué equivocada estaba…
Según Barudy, “la existencia de una familia depende de su cohesión y capacidad para mantener su coherencia interna, así como su capacidad para poder intercambiar  de manera continua energía, información y materia con su entorno”, es decir, ha de tener la capacidad de integrarse en su medio humano sin perder su autonomía. Cada familia se define con una cultura propia fruto de la imitación del joven al adulto y, a su vez, están inmersos en otra cultura a raíz del diálogo no impuesto de la sociedad donde vive. El bienestar de la familia no es exclusivo de ella, sino que depende de todos. Según Burner (1986) la sociedad moderna que implica la expansión del mercado capitalista está vinculada a un proceso cultural y social asociado a los progresos científicos y tecnológicos que conlleva al aislamiento familiar donde se entiende la familia como un espacio privado, exclusivo del padre y de la madre. Ante los cambios –crisis-, éstos buscaran el equilibrio de la nueva situación, pero está comprobado que ante demasiadas crisis los perjudicados siempre son los niños y, su vez, esta privacidad familiar, también implica un mayor peligro para que los conflictos familiares salgan a la luz. Colaborar con la familia y descargarla del esfuerzo para que pueda equilibrarse de nuevo ayudaría en este sentido y los padres, conscientes de sus necesidades, aceptarían la ayuda.
Para adentrarme más en el tema que concierna éste libro, del que considero que no se desperdicia nada, empezaré por el título donde se menciona lo invisible que puede llegar a ser el dolor del maltrato en la infancia. Tan invisible como lo inadvertida que llegó a ser la situación de los niños a lo largo de la historia. Barudy menciona diferentes momentos pero no se constata hasta los años sesenta, la necesidad de proteger los derechos de los niños. No se hablará de “maltrato infantil” hasta  Foretes (1971), Bateson (1972) o Maturana y Varela (1987).
Respecto a lo dicho quiero destacar a Polansky y Chalmers (1981) por hacer visible lo invisible: “El abuso de los niños es un fenómeno tan atroz que quisiéramos no notarlo; sin embargo, la indignación que suscita atrae forzosamente la atención. La negligencia es también suficientemente desagradable para que deseemos ignorarla, y es un fenómeno silencioso, insidioso, fácil de negar… La negligencia concierne a gestos no realizados, es una inacción provocada por la indiferencia. Cuando se produce a domicilia, la negligencia es un pecado íntimo. Su presencia se traduce muy raramente en forma directa sin equívocos. Se puede descubrir a través de las huellas dejadas sobre niños que son víctimas, aunque permanece a menudo invisible hasta que debamos tratar sus efectos sobre la personalidad de un adulto destruido”. Me cuesta pensar que de generación en generación se han ido transmitiendo las huellas de éste “silencio”, transformando el sufrimiento de un niño descuidado, maltratado o del que se ha abusado sexualmente o psicológicamente en otro contenido cuando son adultos y padres. Qué pena me da pensar que un niño abandonado puede llegar a abusar, cuando es padre, de su hijo sexualmente; o que una madre que maltrata físicamente a su bebé está expresando el sufrimiento de un abuso silenciado en su infancia. Hay tantas posibilidades como complejo es el fenómeno del maltrato: Barudy nos habla de “familias trasgeneracionalmente perturbadas” donde el maltrato a los niños es un modo de vida debido a carencias en los padres por falta de diálogo e intercambios con el entorno; por carencias relacionadas con la función maternal (por falta del amor que no tuvieron y ahora buscan en sus hijos; o por idealizar una situación no real de amor que difiere de la realidad); por carencias relacionadas con la función fraternal (la ausencia de la figura paterna producirá una inseguridad en los niños convirtiéndolos en adultos no capaces de controlar sus propios límites y no pudiendo ejercer la autoridad de forma equilibrada pasando de la debilidad a la máxima autoridad sin control alguno). También nos habla de trastornos en la organización jerárquica de la familia donde no están bien definidos los roles entre los padres, y el niño va tanteando la situación cosa que produce encubrimientos no declarados entre los adultos que, cuando salen a la luz, se descarga hacia el niño la cólera que iría dirigida hacia la pareja.
Pero el silencio es difícil que lo rompan el maltratador o la víctima, ya que bajo la idea de normalidad (los golpes son educación y los abusos sexuales son amor) se exige que la víctima no exprese su dolor perpetuando el maltrato de generación en generación. Hay un tercer agente, el “observador” que quizá no se da cuenta o quizá no quiera intervenir, pero que, sin duda, puede ser el máximo responsable para que se haga evidente la situación.
¿Pero cuándo una “bofetada” es o no es un maltrato? Es necesario conocer el límite para poder denunciar una situación. Para ello Barudy nos propone partir de la definición de Buen Trato: “Cualquier niño con sus características que hacen de él un ser único, es considerado intrínsecamente igual a todos los demás niños. Todos los niños deben recibir los cuidados necesarios a fin de asegurar la vida, el bienestar y un desarrollo armonioso, al mismo tiempo que sus derechos sociales, económicos, cívicos y políticos son respetados, permitiéndoles el desarrollo de sus potencialidades para que todos tengan las mismas posibilidades de vivir, ser libres y felices”, por lo tanto, todo lo que impida lo anterior, lo entenderemos como malos tratos o negligencia.
Pienso que hay que ser valiente para denunciar un maltrato, pero a su vez, no comprendo cómo por miedo al “¿y si no lo es?” se pueda abogar por el silencio. Hay muchas formas de determinar si un comportamiento hacia un niño no es el correcto (denunciar un abuso no implica hacerlo a ciegas frente a cualquier conducta que no nos parezca correcta) pero, incluso teniendo la certeza, si nos equivocamos siempre será más justificado que si callamos y resulta herida la integridad de un niño.
Barudy nos habla de diferentes tipos de maltratos: el maltrato físico, el psicológico, el abuso sexual y la negligencia. Destacaré los aspectos que más me han llamado la atención de cada uno de ellos, dejando algunos conceptos de lado, para no excederme en el comentario del libro, aunque como he dicho anteriormente, no se desperdicia nada del presente.
Para entrar en detalle y hablar de la “violencia física sobre los niños” hay que retomar el tema de la familia y hablar del “apego”. Para mí, y para no usar la definición del libro pero atendiéndome a lo que en éste se explica, apego es la conexión entre padres (tutores) y niños que se realiza cuando ambos toman contacto. Barudy nos sitúa el apego en los primeros días de vida (cuando el niño llora para llamar la atención de la madre y ésta va accediendo a sus peticiones poco a poco y va  abasteciendo al bebe de amor a la vez que atiende sus necesidades). Pienso que el apego no es exclusivo del bebe y el adulto ya que el apego entre dos personas siempre se realiza cuando ambas entran en contacto a través de unos rituales de “acercamiento” entre ambos (éstos también incluyen a dos adultos, a un niño adoptado y su tutor…). En lo que estoy totalmente de acuerdo es que en si este “apego” falla queda roto el equilibrio familiar. Hay padres que en su día no conocieron el apego (por negligencia o abandono) o conocieron un apego dañado, con fallos (por maltrato). Éstos padres no sabrán qué rituales establecer en su familia ya que el modelo a seguir no es el adecuado. Fallaran los rituales que se encargan de reducir la agresividad dando lugar a un maltrato físico; o los rituales que se encargan de regular los comportamientos sexuales dando lugar a abusos; o los rituales encargados de controlar la palabra manipulando la información, “lavando el celebro” de sus víctimas y dando lugar a un maltrato psicológico.
Siempre he representado al padre que maltrata físicamente a su hijo como una persona violenta y amenazadora, estricta y poco tolerante frente a las conductas que difieren de sus ideologías y modo de vida. Me ha sorprendido que en el libro nos hable de  personas frágiles, con miedos y con sentimientos de injusticia y frustración, con angustia y depresión.  Se nos presenta la violencia como una máscara ante tal debilidad, al agresor como una víctima y la relación con sus hijos como un proceso tóxico.
Por lo tanto se entiende el maltrato como transgeneracional, es decir, estos padres maltratadores fueron en su día víctimas que no conocieron el apego. Los golpes para ellos son altruistas y necesarios y el comportamiento del hijo una amenaza ya que ellos mismos fueron en su día fruto de desconfianza hacia sus padres.  Asimismo, sus hijos serán objeto de venganza porque éste debería suplementar todo el amor que no recibieron de pequeños. Es imposible pedir tanto a un niño y ese “sinamor” se convierte en “odio” por todo lo que tuvo que sufrir. Además este tipo de padres niegan la persona que es su hijo por lo que se suma una apatía afectiva hacia estos niños, negándoles la necesidad de cuidado, educación, protección, amor. La lealtad hacia los padres silencia el maltrato cosa que hará que los nuevos hijos sean de nuevo padres maltratadores y así de generación en generación.
Llegado este punto debo hablar del cónyuge, incapaz de salir en defensa de sus hijos y que se adaptará pasivamente a la situación. La diferencia entre el nivel de formación de la pareja crea más dependencia. Puede ser que sean ellas también agredidas y en su afán de “cambiar el marido” para llegar a su sueño de familia ideal, negarán y esconderán la violencia familiar. Justificaran la actitud del agresor atribuyendo su conducta al alcohol, estrés laboral… y estos sentimientos quitarán responsabilidades al agresor encomendando su vida y la de sus hijos a Dios, a la buena suerte o al destino.
Cuando se aborda el tema de abuso sexual nos damos cuenta que es el que más tabúes ha tenido a lo largo de la historia. Este silencio es debido, seguramente, a que la persona agresora no es un enfermo, sádico y perturbado ya que en un 80% de los casos los adultos son conocidos por los niños y además, el incesto no incumbe sólo a familias desfavorecidas socialmente. Frente a la “Leyenda de Edipo” (Foucauld, 1977), autores como Ferenazi (1982) y Félix López (1984, 1990, 1991) insistían sobre el carácter real y traumático de las experiencias sexuales entre adultos y niños. A menudo se han justificado los pedófilos desviando la responsabilidad de sus actos hacia sus víctimas.
Barudy nos habla de dos tipos de pedófilos: el crónico y repetitivo y el regresivo. Al primero lo define como una persona obsesiva a la que el sexo sólo es de su interés si es con niños. Buscan el amar y ser amado y convencido de sus actos no reconocen ni vergüenza ni remordimientos. Normalmente las víctimas son extra familiares y se gana el respeto de los padres y de la comunidad para obtener su objetivo. Pueden darse hasta casos de aproximadamente veinte niños maltratados. No hay un perfil establecido y parecen personas totalmente normalizadas (profesores, entrenadores, curas…). La terapia que se usa en el primero de los casos es una terapia familiar porque es la familia entera que ha sido agredida.
El segundo caso de pedófilo, el regresivo, usa la pedofilia como consecuencia de una crisis de identidad ligada a sentimientos de angustia, impotencia por una separación, fracaso profesional…. Se siente mal por lo que hace pero no puede evitarlo. Normalmente son casos de pedofilia intrafamiliar.
Estos casos son los más difíciles de tratar porque las víctimas reciben abusos de una persona vital para ellas y, a menudo, no los reciben como una agresión. Cuando una familia está sana y los rituales de apego están bien establecidos, los  niños no aceptarán el contacto físico con el adulto porque les dará asco. En cambio, cuando hay historias familiares incoherentes, sentimiento ambiguo y mal definido entre la afectividad y la sexualidad,  el niño se confundirá. Si a esto le sumamos que el abuso o incesto no es una acción aislada sino todo un proceso donde el pedófilo tomará las precauciones necesarias para no ser descubierto, buscando el lugar adecuado y el momento en que empezará a abusar de su hijo o hija poco a poco provocando una adaptación a la situación con regalos y privilegios, el niño finalmente no se verá como víctima sino como el que ha inducido a la situación.  El mismo incesto formará parte de un equilibrio familiar que tan solo se varía roto ante la divulgación de los hechos.
Cuando se denuncia el caso es o accidentalmente (por un tercero, un embarazo), o directamente cuando la situación se hace insostenible para la víctima (por el dolor cuando son pequeños, o en la adolescencia cuando aparece otro chico, o hay miedo a un embarazo, o se abusa de alguna hermana pequeña).
Incluso así, después de la denuncia hablamos de una fase represiva donde la familia silencia a veces el caso reprimiendo incluso a la víctima para que se retrate. Aunque nos parezca increíble es así y muchas veces para la madre (o abuela), subordinadas por una cultura patriarcal a su marido, el papel del niño será secundario. A su vez estas mujeres se sienten culpables por no dar a su marido lo que necesitan y aunque parecen fuertes, dominantes y controladoras, su historia infantil muestra a madres abandonadas o fruto de la negligencia.
Las víctimas presentan una distorsión de la imagen que tienen de sí mismos, de su visión del mundo y de sus capacidades afectivas. Asimismo, como no es un hecho aislado, sino progresivo y recurrente los niños presentarán temor, hiperactividad, hipervigilancia, dificultades para conciliar el sueño, terrores nocturnos, dificultades de concentración, comportamientos agresivos y un carácter irritable. Por miedo a ser descubiertos crearán mecanismos de defensa para reducir contactos con el mundo exterior, provocando aislamiento.
El abandono, entendido como el rechazo a asumir el cuidado de los niños, y por la ausencia de éste, se relaciona directamente como un maltrato por las consecuencias que inciden en los niños abandonados porque éstos deberán enfrentarse a su angustia y buscarán el afecto que se les ha negado pidiéndolo, seduciendo o agrediendo.
La negligencia, en cambio es más difusa. En una discusión de malos tratos, para un trabajo en grupo dentro de esta asignatura, me sorprendió una chica cuando dijo que para ella la negligencia no era un maltrato porque se hacía “sin querer”. Evidentemente que un descuido no es un maltrato, somos humanos y puede pasar. Barudy nos presenta un comportamiento negligente “cuando se presentan de una manera permanente omisiones o insuficiencia de cuidados a los niños que se tienen a cargo”. Distingue tres tipos: la negligencia biológica que afecta al apego por depresión, enfermedad mental, toxicomanía, alcoholismo, y incluye traumatismos infantiles que se derivan de madres pasivo-indolentes o activas-compulsivas (hay factores en el niño que acentúan la negligencia -que duerma poco o sea hiperactivo- o factores que vienen determinados por la ausencia del padre); la negligencia cultural por modelos de crianza de los padres o carencias educativas; y negligencia contextual debido a la pobreza del medioambiente o del aislamiento social.
Las consecuencias son fatales para los niños por lo tanto, aunque se “realicen sin voluntad expresa” hablamos de maltrato. Cuando se descuidan los niños hay ausencia de cuidados físicos (desnutrición, falta de higiene) lo que provocará ser rechazado por sus compañeros, puede haber accidentes domésticos, o incluso agresión física o sexualmente por otros familiares o personas ajenas; también hay ausencia de cuidados médicos; ausencia de afectividad ya que la relación entre padres e hijos será fría, distante y con poco cariño (se dan casos de trastorno disocial); y/o retraso cognitivo por disminución de experiencias estimuladoras. Hablaremos de niños con baja autoestima, con una desconfianza hacia el mundo que le rodea, tristes y con ansiedad crónica. Las conductas adaptativas serán dependencia del cariño del adulto pero a su vez rechazo por miedo a la frustración. Podríamos hablar incluso de aislamiento (él puede sólo con todo) que lo convertirá en un “adulto narcisista” que correspondería al perfil de madre activa-impulsiva. Asimismo, para llamar la atención, puede haber trastornos de comportamiento (diabluras, hacer el payaso, robar para comprar regalos a sus compañeros y ganarse el afecto de éstos).
Llevo tiempo trabajando en un colegio, empecé joven y sin formación, y he visto algunas de éstas características en ciertos niños, coincide el perfil de familia, y he sido agente silencioso por falta de información. Considero que es el maltrato más habitual y más difícil de denunciar porque la falta de atención sobre todo la afectiva, no es admitida como tal, porque la gente se siente tan habituada a ella que se identifica con los padres y normaliza las situaciones ajenas.
Barudy presenta un enfoque terapéutico y de prevención del maltrato que considero muy acertado. Nos habla de un modelo integral donde se comienza con acciones de prevención primaria (atendiendo las condiciones que determinan las causas), la prevención secundaria (a través de la detección precoz del maltrato), y la terciaria para reducir la gravedad de las secuelas. Todo ello a través del trabajo en redes profesionales con un equipo especializado, con padres afectados participando en dinámicas sociales de prevención, con la colaboración de instituciones médicas, escolares y psicosociales.
Pienso que la información es prevención y ésta debe ir dirigida tanto al niño como a los padres.
Respecto a la prevención primaria pienso que es imprescindible ayudar a las familias en caso de conflictos. Muchas veces esperamos que la justicia actúe cuando se prevén situaciones difíciles que pueden desencadenar un maltrato: niños muy problemáticos que desbordan a los padres y éstos no saben qué hacer; así como situaciones familiares individuales (salud mental, enfermedad, alcoholismo…), sociales (aislamiento social), económicas (desempleo), políticas o perdidas de valores. Son factores de riesgo a tener en cuenta.
Respecto a la prevención secundaria una detección precoz depende de ser capaz de observar en los niños los síntomas que indican un maltrato o una situación negligente, como trastornos de identidad, cansancio, fatiga, apatía, agresividad, drogas, interrelacionamiento, fobias, ansiedad, angustia, depresión…
Para la reducción de la gravedad de las secuelas proponer como tratamiento, un concepto sistémico, donde el agresor y el niño se presentan como víctimas y a través del amor se busca el perdón. No significa que perdonar sea echar marcha atrás y volver a empezar. Perdonar implica “seguir adelante” a partir de la toma de conciencia de lo sucedido.
Finalmente y para concluir el trabajo, quiero mencionar un tema que no se trata en el libro y que pienso que no está resuelto. Se trata del maltratamiento institucional. Justo donde se tiene que cuidar los derechos del niño no hay suficientes elementos de control ni de prevención (educación, información). Asimismo, en los colegios, estos niños más problemáticos y con mayor negligencia y abandono familiar, son los más maltratados socialmente por los educadores (castigos, llamadas a casa para reprochar el comportamiento, expulsiones que servirán para que el niño se quede solo en casa o en la calle mientras sus padres trabajan). Hay que buscar otras líneas de educación que favorezcan a estos niños y no acentúen más su situación.
También queda pendiente en nuestra sociedad las entradas y salidas de los niños en centros educativos y, yendo más allá, las entradas y salidas de los niños en centros residenciales o la salida de los mismos a los dieciocho años de edad. Esto también es  maltrato.
Quiero acabar la reflexión sobre el libro de Barudy insistiendo en las ideas que presentaban este escrito y con una cita del mismo libro que nos hace conscientes de que el maltrato no es un tema que se quedó atrás en la historia, ni poco real  y ajeno a nuestra cultura, sino que es bastante reciente y actual. Si lo dejamos de lado seremos cómplices desde nuestro silencio, de unas consecuencias fatales para con los niños y para con nuestra sociedad.
“Cualquier familia suficientemente sana puede presentar comportamientos maltratadores en situaciones de acumulación de tensión y estrés que sobrepasan su capacidad para afrontar y regular la agresividad provocada por estos factores”
(Barudy, 1985)

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada